@elvis_ente

04 enero, 2007

(In)Seguridad Pública y Derechos Humanos. Una visión desde la Militancia

(...) Es el tiempo del miedo. Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo. Miedo a los ladrones, miedo a la policía. Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar. Miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo de morir, miedo de vivir[1].

Eduardo Galeano extracto de “El miedo global” en: Patas Arriba. La Escuela del Mundo al Revés, Quinta Edición (España), 2000, p.83

E

n nuestro diario accionar nos encontramos con personas que han sido víctimas de delitos, con personas que han cometido (y piensan cometer) delitos, con víctimas y familiares de la represión (en dictadura o Democracia), con personal de las fuerzas de seguridad, y muchos otros actores (voluntarios y no) de un punto clave de la agenda social y que por lo tanto nos incumbe: la inseguridad (violencia) y en ese debate el rol de los Derechos Humanos.

Aunque no nos sintamos parte directa del problema de la Seguridad Pública debemos fijar un criterio compatible con la Militancia Social. La importancia del tema radica en la discusión política que tras él subyace y en las propuestas que danzan para enfrentarla. La manera en que el Estado aborda el problema es elocuente sobre los valores en los que se funda la Sociedad; además está íntimamente ligado al proyecto económico y social que sostiene el país. Necesitamos criterio para militar en un terreno donde lo emocional estructura los discursos y muchas veces nubla la razón.

Juan S. Pegoraro observa en su estudio sobre Seguridad Pública que el progresivo aumento del delito al compás del capitalismo dio lugar a oportunas explicaciones basadas en la “naturaleza” individual y revitalizando teorías bio-psicologistas y de coeficientes mentales[2]. “Estas explicaciones son irradiadas desde poderosas fundaciones norteamericanas[3] y acompañan teóricamente las políticas económicas neoliberales justificando la exclusión social por las características o naturaleza de los “perdedores” y el delito en la maldad irreducible de seres asociales y amorales” afirma Juan S. Pegoraro. Esta “criminología de la exclusión” abre la puerta a un lenguaje bélico para el tratamiento de la violencia, el delito y la inseguridad.

Por su parte la ciencia y los pensadores han observado y demostrado sobradamente lo vacuas y negativas que son las propuestas basadas exclusivamente en la fuerza del Sistema Penal. No tanto por lo bien o mal que puedan funcionar la Justicia, la Policía y el Servicios Penitenciario como por la propia complejidad del fenómeno y sus causas.

Discursos políticos que prometen seguridad mediante el endurecimiento de las penas y las campañas de “ley y orden” inspiran a la derecha política en toda América Latina y sus efectos ya se sienten tanto en su lugar de origen (la población carcelaria de EEUU[4] se ha disparado exponencialmente) como en el resto de las Sociedades que transitan o transitaron el mismo rumbo. Los discursos exportados a América Latina son “mano dura” y “tolerancia 0”.

Nuestro compromiso no acepta distinciones en el camino hacia la PAZ, ya que ésta es básica para la prosperidad. El desafío mayor es alcanzar la paz social a partir de la plena vigencia de los Derechos Humanos y evitando la impunidad. También pasa por el cuidado del Medioambiente y el Desarrollo Socio Productivo.

Inseguridad y Violencia como fenómenos distintos aunque vinculados.

Conocemos el dolor de que te roben (en el mejor de los casos) y también somos testigos de lo que el Sistema Penal hace con las personas / familias que caen en su órbita. Compartimos el sufrimiento de tantas familias destruidas por la acción delictiva como vivimos de cerca la tragedia de la represión y no necesitamos que nos cuenten lo que la violencia (en todas sus expresiones) genera en la Sociedad.

Necesitamos en todo caso establecer una línea de acción propia para revertir la situación, aunque sea profundizando nuestra comprensión y asistiendo a los ciudadanos a que amplíen la suya y obtener mediante el conocimiento parte de la “seguridad” perdida.

El término inseguridad se refiere a un estado o emoción marcado por la falta de seguridad, por lo tanto es un término general y para nada descriptivo; casi un eufemismo para nombrar al miedo. Quizás sea ese silencio de sentido lo que ha permitido nombrar bajo el mismo signo a múltiples fenómenos humanos y sociales que –aparentemente- tienen poco que ver entre sí.

Si bien en los últimos tiempos ha prevalecido en el espacio público la idea de "inseguridad" vinculada al temor de ser víctima de algún tipo de violencia “inseguridad” física, pero también nos rodea la “inseguridad” económica; la “inseguridad” laboral; la “inseguridad” alimentaria; la “inseguridad” habitacional; la “inseguridad” jurídica...en fin, la “inseguridad” frente a toda forma del devenir.

Párrafo aparte merece la “inseguridad” personal; esa “inseguridad” inasible que habita en nosotros como un fantasma y que a la vez sirve de canasto de la ropa sucia donde arrojamos todo lo que no podemos hacer o nos sale mal. Como objeto de estudio de la Psicología ha dado lugar a un Universo de distinciones.

De alguna forma la inseguridad ha estado presente a lo largo de toda la historia y se recrea permanentemente. Lo que marca hoy la diferencia es la intensidad de esta sensación motivada por una profunda crisis de sustentabilidad que vive la especie humana y que afecta desde el entorno ecológico hasta los hábitos y el marco de expectativas de las personas.

Hay elementos globales que sirven de base al conjunto de nuestras inseguridades; hablemos por ejemplo de la expansión descontrolada de la población frente a un mundo que es uno (y no se estira). De no revertirse esta tendencia podemos prever una creciente escasez de recursos para la especie humana.

Tenemos un sistema económico productivo basado en una matriz energética no renovable y altamente contaminante, y que al agotarse dejará cambios ecológicos y climáticos de consecuencias incalculables.

Hasta algunos aspectos positivos del conocimiento como la tecnología terminan siendo factores de inseguridad al reemplazar en su avance el trabajo humano y generando desempleo estructural.

Observamos la diversidad de origen que tiene inseguridad y corroboramos que afecta de manera creciente a nuestra Sociedad. Entonces la pregunta es ¿Alcanza la inseguridad para entender a la violencia?.

Los factores globales de inseguridad nos alcanzan a todos, pero la violencia como fenómeno se vincula más a lo político, lo económico y lo cultural. Dicho de otro modo; no es la pobreza lo que genera violencia sino la exclusión y la desigualdad.

Violencia es un asalto a mano armada, pero también lo es la acción contaminante de los países desarrollados sobre el espacio físico de las naciones emergentes. Que el 10% más rico tenga ingresos 43 veces mayores que el 10% más pobre no puede ser nunca la acción voluntaria de la Sociedad sino el resultado de un entramado violento que incluye la represión y el genocidio entre sus herramientas. Finalmente la violencia es un lenguaje que nos envuelve desde que el mundo es mundo, que en la inseguridad encuentra el medio y en la injusticia su expresión.

Seguridad Pública y Modelo Económico; la otra parte del problema.

Si el temor asociado a la inseguridad es socialmente disolvente; la búsqueda de la Seguridad basada exclusivamente en el Sistema Penal no sólo es ineficaz en el cumplimiento de sus objetivos, sino actúa como un factor criminógeno[5] y reproductor de la violencia.

Las políticas económicas neoliberales nos han llevado a una fractura social extrema. Dos sociedades comparten el espacio, pero se diferencian y alejan entre sí por la lógica de su mutua exclusión. Una de ellas, la “institucionalizada”, sigue los patrones de organización establecidos por los mercados, las instituciones políticas y sociales, sindicatos y un grado de integración a las pautas fiscales de obligaciones y beneficios.

La otra sociedad; cuyos miembros no pagan impuestos y son económicamente sobrevivientes, constituye una sociedad periférica o marginal. Las carencias crónicas de estos sectores parten de lo económico pero van tomando con el tiempo otros aspectos de las vidas, tanto individual como colectivamente. Como dice el sociólogo patagónico Guillermo Gutiérrez “...No se trata solamente del hambre, también están privados del acceso a la educación, los sistemas de salud, las coberturas previsionales, etc, y su imposibilidad de hacer frente a sus obligaciones fiscales los desarraiga progresivamente de los mecanismos civiles de obligaciones y derechos...” [6]

Por su parte los sectores medios que sufren la inseguridad desarrollan “comportamientos de autoprotección o de evitamiento, para reducir el riesgo de ser víctima de un delito, que más allá de su efectividad preventiva, redimensionan completamente las rutinas de la vida cotidiana, presentando en ciertos casos algunos efectos perversos como el abandono del espacio público y el surgimiento de una “mentalidad de fortaleza[7].

El mismo Estado existe para todos, relacionado con los sectores mejor integrados, mediante el sistema de obligaciones y derechos; y con la sociedad marginal mediante el sistema penal y la asistencia social. Se instala así un status quo que combinado con políticas económicas regresivas desencadenan niveles de violencia inhabituales.

Las últimas crisis sociales de la Argentina hicieron de la “marginalidad” (paradójicamente) un fenómeno estructural. Millones de personas sin posibilidades de insertarse en los engranajes de la economía formal quedan estancados en una situación de supervivencia y pobreza. Y sepamos que cuando al hombre se lo condena a la mera supervivencia individual, se lo arroja al escalón más bajo de la actividad humana. Quien se maneja por el criterio de la supervivencia apela a cualquier medio para lograr sus objetivos. La supervivencia como táctica es uno de los factores que generan los hechos de violencia que nos asustan por TV.

Lo político también surge cuando la extensión de hechos aberrantes es utilizada para explicar la existencia misma de estos ciudadanos condenados a la marginalidad; pero no como consecuencia de un proceso social sino por su propia incapacidad para integrarse al sistema. Sería el lado oscuro del individualismo exitista o “American Dream”.

La difusión a través de los medios de comunicación de tantos crímenes permite que los sectores más vulnerables sean desvalorizados en su conjunto produciendo una caracterización criminal del sector que se introyecta en sus mismos integrantes. Esto se percibe con claridad cuando se produce un hecho de violencia en un barrio pobre y sus integrantes se esfuerzan por resaltar que allí sólo vive “gente de trabajo”.

Ya en los albores del capitalismo la relación entre la economía y el sistema penal se distinguía. Marx la observaba y expresaba así: ...Los expulsados por la disolución de las mesnadas feudales o por la expropiación violenta e intermitente de sus tierras –ese proletariado libre como el aire-, no podía ser absorbido por la naciente manufactura con la misma rapidez con que era puesto en el mundo. Por otra parte, las personas súbitamente arrojadas de su órbita habitual de vida no podían adaptarse de manera tan súbita a la disciplina de su nuevo estado. Se transformaron masivamente en mendigos, ladrones, vagabundos, en parte por inclinación, pero en los más de los casos forzados por las circunstancias. De ahí que a fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI proliferara en toda Europa Occidental una legislación sanguinaria contra la vagancia. (...) La legislación los trataba como a delincuentes voluntarios: suponía que de la buena voluntad de ellos dependía el que continuasen bajo las viejas condiciones ya inexistentes[8].

Este patrón de organización vigente desde los inicios de la modernidad no ha cambiado sustancialmente en los últimos siglos; sino que se ha complejizado al compás del crecimiento de la Sociedades.

El Paradigma de los Derechos Humanos.

Desde el principio de los tiempos los seres humanos venimos cometiendo atrocidades contra nuestra propia especie y el conjunto de la creación. La segunda guerra mundial fue el punto extremo de la bestialidad del hombre y marcó la necesidad de generar un cuerpo normativo que prevenga el genocidio.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 fue un paso trascendente para la Humanidad. Y a pesar de tantas tragedias ocurridas en el mundo durante sus casi 60 años de existencia; esta norma tiene como objeto central la protección de la Vida y rige las instancias jurídicas internacionales que pueden evitar que los Estados Nacionales destruyan a sus propios pueblos. De no ser por la legalidad global de los Derechos Humanos posiblemente varios de nosotros no existiríamos y no hubiéramos tenido ninguna posibilidad de tener Justicia por los crímenes de la dictadura.

El concepto ampliado de los Derechos Humanos tiene mucho que ver con la Justicia Social y la Libertad de los Pueblos. Por eso se los considera un Paradigma y un llamado de orden para todos los Movimientos Sociales del Mundo. Los Pactos y los Tribunales Internacionales son la última barrera para evitar el atropello de los Estados contra las libertades individuales mientras que para la verdadera prevención del delito y la violencia contamos con las políticas de Desarrollo Humano y Socio Productivo. El Sistema Penal sólo procesa los hechos cuando han ocurrido y es ciego para operar sobre su génesis y su prevención. Sólo abarca espacios y situaciones específicas como proteger un banco, un museo o un estadio.

Muchos creen -con razón- que la defensa de los DDHH no ha evitado el crecimiento de la violencia y la inseguridad, pero hay que destacar que los mismos países que impulsaron su declaración universal se han encargado luego de devaluarla con sus acciones en todo el mundo y tolerando genocidios cuando han sido funcionales a sus intereses. La defensa de la Vida corre por cuenta de los Movimientos y las Organizaciones Sociales en medio del doble discurso de los Estados.

A pesar de las evidencias sobre la génesis social del delito no existe un tratamiento congruente por parte de a Sociedad. Por el contrario; el abordaje que hace el Estado del tema se basa casi exclusivamente en el Sistema Penal; ya que bajo la excusa de luchar contra las diversas formas del delito mantienen una eficaz maquinaria de control social.

Esto ocurre porque las teorías explicativas y los planes de gestión para trabajar sobre los problemas de seguridad surgen del mismo Sistema Penal; entonces las propuestas no superan la profundidad de cambios de penas, reformas procesales, mayor presupuesto y actualización tecnológica de las fuerzas policiales, nuevas cárceles cada vez más grandes e infinitamente ampliables para albergar a una creciente cantidad de “inadaptados” sociales. No se busca resolver el problema sino hacerlo más caro. Estas propuestas bélicas cuentan muchas veces con apoyo social al montarse sobre el dolor de familiares y víctimas de delitos que exigen justa reparación. Son utilizados para sostener propuestas efectistas y de corto plazo que finalmente agravan la violencia social.

Por nuestro lado, plantear salidas a largo plazo a partir de que reinen en el mundo el amor y la igualdad resulta claramente insuficiente para una población que sufre diariamente el drama delito y la inseguridad. La demanda es urgente.

La militancia por la plena vigencia de los Derechos Humanos es un proyecto largo que requiere esfuerzo y convicción para mantener la línea. Cada paso es una batalla y siempre está presente el peligro de retroceder. Los últimos años han traído alivio a partir de la anulación de las leyes de impunidad y los últimos meses zozobra por los secuestros y las amenazas que soportan militantes y testigos.

Existen organizaciones específicas para la defensa de los DDHH, que necesitan el apoyo del conjunto de los Movimientos Sociales para afianzar la justicia y evitar la impunidad.

Por nuestra parte podemos cumplir un papel positivo haciendo docencia con los ciudadanos para que seamos cada vez más los que asumamos las verdaderas causas de la inseguridad y posibilitar así el cambio. Para eso necesitamos claridad conceptual para que la cultura del Desarrollo Humano se imponga sobre la cultura del miedo.

En temas sociales hay que evitar el maniqueísmo y las polarizaciones, pero a veces nuestros textos se hacen demasiado largos, entonces hacemos cuadros para ordenar ideas y que nuestra mente fije conceptos con mayor facilidad. Valga la aclaración para el siguiente cuadro sobre el contraste en las posiciones ideológicas que ocupan el “ring” público en materia de (In) Seguridad Pública.

VALORES EN MATERIA DE SEGURIDAD PÚBLICA

VISIÓN

DISCURSO MANO DURA

PARADIGMA DE LOS DERECHOS HUMANOS

Génesis del Delito

La maldad innata del hombre. Criminología de la exclusión

Combinación de marco social, familiar y características personales.

Modelo Económico

Neoliberal con fuerte concentración de la riqueza y exclusión social.

Desarrollo de la capacidad productiva Nacional y Justicia Social

Forma de enfrentar la Inseguridad

Mediante el endurecimiento de las penas y el retroceso de la Libertades individuales.

Políticas de prevención social focalizadas en los sectores más vulnerables.

Efecto sobre la Seguridad Pública

Disminución de la actividad delictiva en el corto plazo y espirales ascendentes de violencia en el mediano y largo plazo

Amesetamiento de la actividad delictiva en el corto plazo y disminución permanente en el mediano y largo plazo.

Efecto sobre el Tejido Social

Aumento de la población carcelaria. Fractura según nivel ingresos y generación de ghettos. Abandono del espacio público y de la participación.

Estabilización de la población carcelaria. Integración social, mayor confianza pública, fortalecimiento de la identidad. Aumento de la participación.

Base Social

Sectores de la derecha política, sectores de las fuerzas de seguridad y proveedores de insumos y servicios para el Sistema Penal.

Organizaciones defensoras de los DDHH, Movimientos y Organizaciones Sociales, Universidades, Sindicatos, Asociaciones Profesionales, Religiones y sectores del centro y la izquierda política.

Seamos hoy agentes del cambio.



[1]

[2] I.Q”- (Eysenk, 1973; Murray, 1992; Murray y Herrnestein 1994; Wilson, 1997)

[3] Heritage Fondation, Rockefeller Fondation, así como departamentos académicos de universidades como Harvard, Columbia, Los Angeles.

[4] Actualmente hay 2,5 millones de personas encarceladas y 5 millones mas bajo control de agencias penales.

[5] N de A: Generador de crímenes

[6] Guillermo Gutiérrez. Revista “Alternativa Latinoamericana” Nº 6. 1987. Pág. 7

[7] Mariano Ciafardini. Plan Nacional de Prevención del Delito. 2000

[8] Karl Marx. El Capital (Critica de la Economía Política). Libro Primero. El Proceso de Producción de Capital. Cap XXIV. Pág. 918. ED. Siglo XXI.